
Neruda en La Sebastiana, su casa de Valparaíso
I. EL VESTÍBULO DE LA VISITA
A eso de los diez u once años encontré en la biblioteca de mi padre tres libros rojos, anchos, con letras doradas; un poco deteriorado por los años y dos o tres mudanzas previas. El paso del tiempo se veía con claridad en los tonos rojizos desgastados del lomo y, al abrirlo, en las páginas amarillentas con borde amarronado. De dieron curiosidad y los secuestré para llevarlos a mi habitación.
Resultó ser la obra completa del chileno Pablo Neruda. Miré los libros con detenimiento hasta encontrar el índice al final del tercer volumen, me llamó la atención el título Canto General y de improviso empecé a leer ese libro. Me impactó la belleza del relato (todavía no llegaba a decodificar el tenor político de los versos) y continué zigzagueando la historia en ese largo poema que repasa la febril historia latinoamericana.
Al cabo de unos días, cuando lo terminé, conté en la mesa familiar –con algo de pudor- que estaba leyendo “esos libros rojos y anchos”. Mi padre se apresuró a recomendarme Veinte poemas de amor y una canción desesperada, y tomé el consejo. Al cabo de unos días, y con algo más de velocidad, seguí con ese título, luego con las odas y después, todo el resto. En especial cuando leí la “Oda a la cebolla” empecé a creer que Neruda tenía una imaginación fervorosa. A esa edad no lo racionalicé tanto, mitad lo intuí y mitad lo incorporé.
Un tiempo después repasé Canto General. Ya sin recordar las fechas, recuerdo que volví a ese libro cuando en la televisión vi un documental del derrocamiento del presidente Salvador Allende bajo las bombas -más asesinas que cobardes- del genocida de Augusto Pinochet (feroz dictador cipayo de Chile por 17 años).
Por último, volví a consultarlo, hace ocho o nueve años, cuando leí Paula, de Isabel Allende; la carta a una hija agonizante que rememora los años tempestuosos de Chile.

Escritorio de Pablo Neruda en La Sebastiana
II. LA ENTRADA A LA CASA
El domingo por la tarde, a eso de las 2 pm, finalmente conocí La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en Valparaíso, una de las tres en suelo chileno donde pasó su vida. Son cinco pisos marcados de punta a punta por la impronta colorida, algo psicodélica, original y temperamental del poeta. Una propiedad enclavada en el cerro y con una vista privilegiada del puerto.
Cada espacio de la casa está pintado de un color diferente, mantiene una decoración que el propio Neruda realizó junto con antigüedades que compraba en remates y donde cada espacio recibía una nómina particular. La casa fue construida por un arquitecto español, luego quedó abandonada hasta que el poeta finalmente la adquirió y remodeló por completo. Originalmente había un helipuerto que fue mantenido, al cual bautizó como “Plataforma para posibles viajes estelares”.
Allí vivió junto a su esposa y, casi a diario invitaba a sus amigos a almorzar o cenar. Eso sí, mantenía ciertas costumbres inclaudicables que podían interpretarse como malos modales: su siesta de dos o tres horas era sagrada, aunque halla invitados en la casa, igual la tomaba en su dormitorio.
El espacio más impactante, claro está, es el estudio ubicado en el quinto piso. Allí Neruda pasaba dos o tres horas por día escribiendo con una pluma de tinta verde en un escritorio antiguo de madera. Allí creaba, daba vida a sus poesías, hacía bello a lo ordinario.
Más aún, y tras el prestigio mundial alcanzado tras recibir un Premio Nobel de Literatura, no tenía ínfulas de literato. Solía comparar su trabajo con el de un albañil, un hermoso oficio ligado a la creación, el trabajo y la magnificencia de levantar una mole desde la nada previa.
A espaldas de la mesa de escritura hay un mapa de América que geógrafos franceses confeccionaron en el siglo XVI. Alrededor todas las ventanas vidriadas, desde donde el poeta miraba con sus binoculares a toda la ciudad con alguna dosis de fetichismo.

Pablo Neruda y el presidente chileno Salvador Allende
III. LA SALIDA
Cuando terminé el recorrido para volver a la planta a baja, antes salir, me topé con un cuadro con una foto de 1971 en la que estaban Neruda y Allende, juntos, saludando a un grupo de personas. Tanto me emocionó encontrarla que no leí el epígrafe, instantáneamente me volví a acordar del documental y de esos libros anchos y rojos.
Esos tres volúmenes ya no están en mi biblioteca. A los veinte años, cuando me mudé a vivir solo a Buenos Aires, mi padre se ofreció a mudarme todos mis libros. A mi pequeño departamento de entonces llegaron todos, menos los de Neruda. Estimo que mis padre los guardó con nostalgia (no le pregunté nada, pero en caso de ser así, mejor que los conserve él).
En este viaje a Chile tuve la oportunidad de comprar de oferta la obra completa de Neruda, pero no quise. Ahora termino de escribir este posteo en un sillón de la puerta 14 del Aeropuerto de Santiago, mientras espero el vuelo a Buenos Aires. Cuando llegue a casa seguramente querré repasar Canto General, aunque ese cometido deberá esperar unos días, al menos, hasta el fin de semana.